miércoles, 11 de febrero de 2026

 EL CÁNTARO ROTO

 

 Nadie sabía exactamente cuándo comenzó a romperse por dentro.

En el mercado la llamaban simplemente Miriam, aunque no era su verdadero nombre. En Jerusalén los nombres podían convertirse en cargas, y ella prefería que el suyo no evocara a la familia que había perdido ni al esposo que la había repudiado. Era más sencillo ser una sombra entre muchas sombras.

Vivía en una casa pequeña, cerca de la puerta de las Ovejas. Cada mañana salía con su cántaro al pozo, regresaba con agua, amasaba pan para venderlo y evitaba las miradas demasiado largas. No era una pecadora pública ni una mujer honorable. Se movía en ese territorio ambiguo donde la reputación nunca se limpia del todo.

Había aprendido a sobrevivir sin esperar demasiado.

La primera vez que oyó hablar de Jesús fue en boca de una clienta.

—Dicen que habla como los profetas —comentó la mujer mientras pagaba el pan—. Y que no desprecia a nadie

Miriam sonrió con escepticismo.

Muchos rabinos hablaban con entusiasmo. Pocos miraban a los ojos a una mujer como ella sin juicio.

Días después lo vio de lejos, enseñando en el pórtico del Templo. No pudo acercarse mucho. Permaneció detrás de un grupo de hombres, escuchando fragmentos sueltos.

—Bienaventurados los pobres de espíritu…
—Bienaventurados los que lloran…

Aquellas palabras la incomodaron.

No porque fueran duras, sino porque parecían dirigidas a personas como ella.

Pobres no solo de dinero, sino de esperanza. Llorosos no solo por pérdidas visibles, sino por vergüenzas secretas.

Una tarde, mientras regresaba del mercado, se encontró con un pequeño grupo que seguía al rabino galileo por una calle estrecha. Él se detuvo para hablar con un anciano enfermo que nadie más parecía dispuesto a tocar.

Miriam se quedó observando.

No hubo gesto teatral. Solo una mano sobre un hombro frágil y palabras suaves que no alcanzó a oír. El anciano comenzó a llorar. No de dolor. De alivio.

Algo en el pecho de Miriam se tensó.

Durante años había creído que Dios estaba lejos de ella. No porque no existiera, sino porque ella no merecía su cercanía. Las normas eran claras. Las faltas, también. Su historia personal no se borraba con buenas intenciones.

Sin embargo, aquel hombre parecía moverse con una lógica distinta.

Un día se atrevió a acercarse más. No para hablar. Solo para escuchar de cerca.

Jesús contaba una parábola sobre una oveja perdida.

—El pastor deja las noventa y nueve y va en busca de la que se extravió

Miriam apretó el borde de su manto.

Siempre se había sentido parte del rebaño que se queda atrás. La que no merece atención especial. La que debe arreglárselas sola.

Pero en esa historia, la extraviada era buscada.

Buscada.

No por mérito, sino por amor.

Esa palabra comenzó a perseguirla.

Amor.

No el amor condicionado que había conocido en su matrimonio. No el afecto interesado de algunos hombres del mercado. Amor como decisión de ir en busca.

Cuando supo que Jesús había sido arrestado, sintió una punzada inesperada. No era discípula oficial. No había dejado todo para seguirlo. Solo era una oyente ocasional. Sin embargo, la noticia le dolió como si le hubieran arrebatado algo personal.

La mañana del juicio, el rumor se extendió por la ciudad con rapidez.

—Lo llevarán a Pilato
—Piden su crucifixión

Miriam dejó caer un cántaro al suelo. El barro se partió en dos. El agua se derramó por la calle polvorienta.

Algunos se rieron.

Ella no se movió.

Crucifixión.

Sabía lo que significaba. Había visto ejecuciones antes. Cuerpos expuestos, agonía lenta, advertencia pública.

No quería ir. No quería presenciarlo. Pero algo más fuerte que el miedo la empujó hacia el Gólgota.

La multitud era densa. Insultos, curiosidad, llanto. Miriam se abrió paso con dificultad hasta quedar a cierta distancia de las cruces.

Lo reconoció apenas.

El rostro hinchado, la sangre, la corona de espinas. Pero era él.

El hombre que hablaba de ovejas perdidas.

El hombre que tocaba a los intocables.

El hombre que decía que el Reino pertenecía a los pequeños.

Sintió una mezcla de rabia y desesperación.

—¿Dónde está tu Reino ahora? —susurró sin darse cuenta

No esperaba respuesta.

Pero entonces lo oyó.

—Padre, perdónalos

La frase atravesó el ruido como una flecha.

Perdónalos.

Miriam sintió que las piernas le temblaban. Perdón para quienes lo clavaban. Perdón para quienes lo entregaron. Perdón para la multitud que gritaba.

¿Perdón también para ella?

Las lágrimas comenzaron a caer sin control. No eran solo por él. Eran por todo lo que había cargado durante años: culpa, rechazo, decisiones equivocadas.

Si aquel hombre podía pedir perdón en ese momento, tal vez el perdón no era una teoría.

Tal vez era real.

El cielo se oscureció. El viento levantó polvo. Algunos comenzaron a marcharse inquietos.

Miriam permaneció.

Cuando Jesús gritó y su cabeza cayó hacia el pecho, algo en ella se quebró definitivamente.

No era solo tristeza.

Era reconocimiento.

Había creído que Dios la observaba desde lejos, anotando errores. Ahora veía a un hombre muriendo sin odiar.

Si eso era Dios, entonces ella lo había entendido mal toda su vida.

Regresó a casa con el corazón vacío y lleno a la vez. Vacío porque el rabino había muerto. Lleno porque sus palabras no habían muerto con él.

Esa noche no durmió. Recordaba cada gesto, cada parábola escuchada a medias.

El cántaro roto permanecía en el suelo de la entrada. No lo recogió.

Algo en su vida también se había roto.

Y sin embargo, por primera vez, esa ruptura no le parecía solo pérdida.

Parecía comienzo.

No sabía nada de tumbas vacías. No había oído rumores aún.

Solo sabía que la cruz no la había dejado intacta.

Y que si el hombre que murió hablando de amor estaba equivocado, entonces el mundo era más oscuro de lo que podía soportar.

Pero si no lo estaba…

Entonces incluso una mujer anónima, con pasado quebrado y nombre olvidado, podía ser encontrada.

 

 

El sábado cayó sobre Jerusalén como una losa.

Las calles, agitadas el día anterior por gritos y empujones, amanecieron contenidas en la quietud obligatoria del descanso. Las puertas se cerraron temprano. El humo de los hornos fue escaso. El murmullo habitual del mercado desapareció, sustituido por un silencio que no era paz, sino suspensión.

Miriam no salió de su casa.

El cántaro roto seguía en el suelo, las dos mitades abiertas como una herida seca. El agua derramada había dejado una marca oscura en la tierra, ya convertida en polvo endurecido.

Se sentó junto a la pared y abrazó sus rodillas.

Había visto morir antes. Jerusalén no era ajena a la violencia. Pero aquella muerte había sido distinta. No por el método, sino por las palabras.

Perdónalos.

La frase se repetía en su interior como un eco que no encontraba reposo.

Durante años, Miriam había evitado pensar en el perdón. Era una palabra peligrosa. Si existía, implicaba reconocer culpa. Y ella había preferido endurecerse antes que abrir esa puerta.

Su matrimonio había terminado entre reproches y acusaciones. Él la llamó estéril, inútil, carga. Ella respondió con silencio y resentimiento. Cuando la repudió, no luchó por quedarse. Se marchó con la dignidad rota y el orgullo como única defensa.

Después vinieron decisiones precipitadas. Compañías equivocadas. Comentarios en el mercado que la seguían como sombra.

No era una mujer escandalosa, pero tampoco respetada.

Había aprendido a caminar sin esperar compasión.

Y ahora, aquel hombre que hablaba de ovejas perdidas y padres que esperan al hijo pródigo había muerto pidiendo perdón para otros.

—¿También para mí? —susurró en la penumbra

La pregunta la desarmaba.

Porque si el perdón era posible, ya no podría esconderse detrás del resentimiento.

Golpearon suavemente a su puerta al caer la tarde. Miriam dudó antes de levantarse. No esperaba visitas.

Al abrir, encontró a Salomé, una de las mujeres que había visto cerca de la cruz.

Sus ojos estaban hinchados, pero su postura era firme.

—No quería estar sola —dijo simplemente

Miriam asintió y la dejó entrar.

Se sentaron frente a frente. Durante unos minutos no hablaron. El silencio compartido era menos pesado que el solitario.

—No entiendo —murmuró Miriam al fin—. Si era justo, ¿por qué murió así?

Salomé respiró hondo.

—Tampoco lo entiendo del todo —admitió—. Pero él lo anunció

Miriam levantó la mirada.

—¿Anunció su muerte?

—Sí. Dijo que el Hijo del Hombre sería entregado, que sufriría… y que al tercer día…

Salomé calló.

—¿Al tercer día qué? —preguntó Miriam

—Que resucitaría

La palabra quedó suspendida en el aire.

Resucitar.

Miriam frunció el ceño. No era ignorante de las Escrituras. Sabía que algunos grupos creían en la resurrección final. Pero hablar de un hombre que vuelve a la vida después de una crucifixión romana era otra cosa.

—Eso no ocurre —dijo con suavidad

Salomé no discutió.

—Yo lo vi devolver la vida a otros —respondió—. A una niña. A un amigo

Miriam recordó los rumores sobre Lázaro. Siempre los había considerado exageraciones.

—Pero él murió —insistió

—Sí

La afirmación fue firme.

—Lo vi morir

Las dos guardaron silencio de nuevo.

Miriam sentía dentro una batalla que no sabía describir. Parte de ella quería aferrarse a la lógica. Los muertos no regresan. Roma no se equivoca al ejecutar. Las historias extraordinarias suelen terminar en desilusión.

Pero otra parte recordaba la mirada del rabino. La forma en que hablaba del Reino como algo presente, no lejano.

—Si resucita —dijo finalmente—, entonces todo cambia

Salomé asintió.

—Sí. Todo

El sábado avanzó lento. La luz entraba y salía por la pequeña ventana, marcando el paso de las horas sin ofrecer respuestas.

Al caer la noche, Salomé se marchó para reunirse con otras mujeres. Habían decidido ir al sepulcro al amanecer para terminar de ungir el cuerpo. El entierro había sido apresurado por el inicio del sábado.

Miriam se quedó sola otra vez.

Miró el cántaro roto.

De pronto comprendió que no podía seguir dejando las cosas así. Se levantó, recogió las piezas y las sostuvo entre las manos. El barro áspero le raspó la piel.

Pensó en su vida. En las decisiones que la habían llevado hasta allí. En la vergüenza acumulada.

Si aquel hombre realmente había venido a buscar a los perdidos, entonces ella no podía seguir escondiéndose.

Colocó las dos mitades sobre la mesa.

—Si vives —dijo en voz baja, sin saber exactamente a quién hablaba—, no me dejes igual

No fue una oración formal. No citó salmos ni fórmulas aprendidas. Fue una súplica desnuda.

La madrugada llegó con un aire frío. Miriam no tenía intención de ir al sepulcro. No se consideraba parte del círculo cercano. Pero algo la empujó a salir.

Las calles estaban aún en penumbra cuando escuchó pasos apresurados. Era Salomé, junto a otras mujeres. Sus rostros no mostraban solo tristeza.

Mostraban asombro.

—La piedra… —decía una—. La piedra estaba removida

Miriam sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Y el cuerpo? —preguntó con voz temblorosa

—No estaba

El mundo pareció inclinarse.

—Había un mensajero —añadió otra mujer—. Dijo que no estaba allí. Que había resucitado

Resucitado.

La palabra ya no era una posibilidad teórica.

Era anuncio.

Miriam no sabía qué hacer con esa noticia. Parte de ella quería correr. Parte quería protegerse del engaño.

—Algunos de los discípulos fueron a ver —dijo Salomé—. También lo encontraron vacío

Vacío.

Miriam pensó en el sepulcro. Pensó en la cruz. Pensó en el perdón pronunciado desde la agonía.

Si la tumba estaba vacía, entonces la cruz no era derrota.

Entonces el perdón no era gesto desesperado de un moribundo.

Era declaración de victoria.

Sintió que las piernas le flaqueaban. Se apoyó en la pared más cercana.

—No sé si puedo creerlo —confesó

Salomé tomó su mano.

—Yo tampoco sé cómo explicarlo —respondió—. Pero sé que algo ha ocurrido

Jerusalén comenzaba a despertarse. Los rumores corrían como fuego entre ramas secas. Algunos hablaban de robo. Otros de invención. Otros de milagro.

Miriam regresó a su casa con el corazón desbordado.

Miró el cántaro roto sobre la mesa.

Por primera vez, no lo vio como símbolo de fracaso.

Lo vio como señal de algo que podía ser reconstruido.

Si la muerte no había sido el final, entonces su historia tampoco estaba cerrada.

Se arrodilló junto a la mesa.

—Si estás vivo —susurró—, enséñame a vivir

Y mientras el sol comenzaba a iluminar los tejados de Jerusalén, Miriam comprendió que el sábado más largo de su vida había terminado.

No tenía pruebas. No tenía certezas racionales.

Tenía una tumba vacía y una esperanza que comenzaba a abrirse paso entre las grietas de su pasado.

Y eso era suficiente para levantarse.

 

 

Los días siguientes fueron un torbellino de rumores, encuentros y negaciones. Jerusalén parecía dividida en dos realidades que coexistían sin tocarse: la oficial, que hablaba de robo y engaño, y la íntima, que susurraba apariciones y palabras imposibles.

Miriam caminaba entre ambas como quien cruza un puente inestable.

No había visto al Resucitado. No podía repetir testimonios propios. Solo tenía relatos ajenos y una certeza interior que crecía sin permiso.

Una tarde, mientras regresaba del mercado, vio un pequeño grupo reunido en un patio cercano. Reconoció a Juan y a María, la madre de Jesús. Dudó antes de acercarse. No quería ser intrusa en el dolor ni en la esperanza de otros.

Pero entonces escuchó una voz conocida.

No era fuerte. No necesitaba serlo.

—La paz esté con vosotros

Miriam sintió que el aire se detenía en sus pulmones.

No podía verlo desde donde estaba, pero supo.

No por lógica. No por sugestión colectiva.

Por reconocimiento.

Se abrió paso con cautela hasta quedar al borde del grupo. Y entonces lo vio.

No como en la cruz. No desfigurado por la violencia. Pero tampoco como antes. Había en su presencia una profundidad nueva, como si la vida misma emanara de él.

Algunos lloraban. Otros reían con incredulidad. Tomás, arrodillado, repetía palabras entrecortadas.

Miriam no se atrevía a avanzar.

Sentía que su pasado pesaba demasiado para acercarse.

Entonces ocurrió algo que nunca olvidaría.

Jesús levantó la mirada y la posó en ella.

No fue una mirada general. Fue directa.

Y pronunció su nombre.

—Miriam

No había reproche. No había sorpresa.

Solo conocimiento.

El mundo desapareció alrededor.

Nadie la había llamado así en años con esa tonalidad. Su nombre había sido usado para acusar, para murmurar, para señalar. Ahora era pronunciado como si contuviera dignidad.

Sintió que las lágrimas brotaban sin control.

—Señor… —apenas logró decir

No necesitó explicar su historia. No necesitó enumerar errores. En aquella mirada estaba todo comprendido.

Jesús dio un paso hacia ella.

—¿Por qué lloras? —preguntó con suavidad

La pregunta la desarmó.

No era ignorancia. Era invitación.

—Porque pensé que todo había terminado —respondió entre sollozos—. Porque creí que yo también estaba perdida

Jesús no la tocó de inmediato. No hizo gesto grandioso.

—Nadie está perdido cuando el amor lo busca —dijo

Las palabras no eran nuevas. Ella había escuchado parábolas similares. Pero ahora estaban respaldadas por una tumba vacía.

Miriam cayó de rodillas.

No por obligación, sino por reconocimiento.

Había buscado perdón como quien pide limosna. Ahora entendía que el perdón era puerta abierta, no moneda escasa.

Jesús continuó hablando con los demás, dando instrucciones, anunciando envío, prometiendo presencia. Miriam escuchaba como quien aprende un idioma nuevo.

No era solo cuestión de creer en un hecho extraordinario. Era dejar que ese hecho transformara la manera de verse a sí misma.

Cuando el encuentro terminó, el grupo quedó en silencio reverente.

Miriam salió al atardecer con el corazón incendiado.

Las calles eran las mismas. Las miradas también. Pero ella no.

Al pasar frente a dos mujeres que solían murmurar a su paso, notó el gesto habitual de desprecio. Por primera vez, no sintió necesidad de encogerse.

No respondió con arrogancia.

Simplemente caminó erguida.

Porque si el Resucitado había pronunciado su nombre sin vergüenza, ¿quién podía arrebatárselo?

Esa noche tomó las dos mitades del cántaro y decidió no repararlo.

No porque despreciara el pasado, sino porque entendía que no se trata de pegar lo roto como si nada hubiera ocurrido.

Se trata de comenzar de otra manera.

Al día siguiente, buscó a Salomé.

—Lo vi —dijo sin preámbulos

Salomé la miró con emoción contenida.

—¿Te habló?

Miriam asintió.

—Dijo mi nombre

Las dos se abrazaron sin palabras adicionales.

Con el paso de las semanas, Miriam comenzó a reunirse con la comunidad de creyentes. No ocupaba lugar central. No predicaba en plazas. Pero escuchaba, aprendía, servía.

Un día, una joven lloraba en un rincón del patio.

—No soy digna de estar aquí —decía—. Mi historia es demasiado sucia

Miriam se sentó junto a ella.

—Yo también lo creí —respondió con calma—. Hasta que escuché mi nombre pronunciado sin desprecio

La joven levantó la mirada.

—¿Y eso basta?

Miriam sonrió con ternura.

—Basta para empezar

La cruz ya no era para ella solo un recuerdo doloroso. Era el lugar donde había entendido que el amor no retrocede ante la vergüenza humana.

La resurrección no era solo milagro espectacular. Era confirmación de que ese amor no puede ser derrotado.

A veces, al caminar cerca del Gólgota, Miriam se detenía unos instantes. No para revivir el horror, sino para recordar el punto de quiebre.

Allí murió su vieja identidad.

Allí comenzó la nueva.

No se convirtió en personaje famoso ni en figura mencionada por todos. Siguió siendo, para muchos, una mujer del mercado.

Pero por dentro sabía algo que nadie podía arrebatarle:

Había sido buscada.
Había sido llamada por su nombre.
Había sido perdonada.

Y cuando una persona que se creía invisible descubre que es vista, el mundo entero cambia de proporción.

La cruz no la aplastó.

La resurrección no la dejó indiferente.

Y aunque todavía enfrentaba días difíciles, miradas duras y recuerdos incómodos, ahora caminaba con una certeza que no dependía de la aprobación ajena.

El amor que había vencido a la muerte había entrado también en su historia.

Y eso era más fuerte que cualquier pasado.

 

 

El tiempo no borró el pasado de Miriam. No desaparecieron de un día para otro los comentarios en voz baja ni las miradas que la medían según recuerdos antiguos. Jerusalén seguía siendo una ciudad pequeña para quien había sido señalada.

Pero algo esencial había cambiado: ya no se definía por esas miradas.

La noticia de la resurrección se expandía con fuerza desigual. Algunos creían con alegría. Otros se endurecían con mayor severidad. Las autoridades vigilaban. La tensión no había terminado con la tumba vacía; apenas comenzaba otra etapa.

Miriam participaba en las reuniones con discreción. Escuchaba a Pedro hablar con una valentía que contrastaba con la noche de la negación. Observaba a Juan explicar las palabras del Maestro con ternura firme. Veía a mujeres como ella, antes invisibles, ocupar un lugar natural en la comunidad.

No era una organización perfecta. Había discusiones, temores, dudas. Pero había algo distinto en el ambiente: una alegría que no dependía de circunstancias favorables.

Una tarde, mientras repartían pan entre viudas necesitadas, Miriam se encontró frente a una mujer que reconoció de inmediato.

Era Lea, vecina de su antigua casa. La misma que había difundido rumores cuando su matrimonio se rompió. La que había dicho en el mercado que “Dios castiga a las mujeres orgullosas”.

Lea la miró con incomodidad.

—No sabía que estabas con ellos —dijo en tono ambiguo

Miriam sostuvo la cesta sin temblar.

—Estoy aprendiendo —respondió

Lea dudó antes de tomar el pan.

—Dicen cosas extrañas… que ese hombre vive

Miriam no intentó argumentar.

—Yo lo vi —dijo con sencillez

La afirmación no fue desafiante. Fue testimonio.

Lea bajó la mirada.

—Si vive… —murmuró— entonces tal vez… tal vez no todo está perdido

Miriam entendió que no hablaba solo de teología.

Le ofreció el pan sin añadir reproches.

En otro tiempo habría aprovechado la ocasión para devolver humillaciones. Ahora comprendía que el perdón recibido pedía ser compartido.

Esa noche, al regresar a casa, encontró a un niño sentado junto a su puerta. Tendría unos ocho años. La miró con desconfianza.

—¿Es verdad que tu maestro venció a la muerte? —preguntó sin rodeos

Miriam sonrió.

—Es verdad que la muerte no pudo retenerlo

El niño frunció el ceño, intentando comprender.

—Mi padre murió el año pasado —dijo—. Si eso es cierto… ¿lo volveré a ver?

La pregunta atravesó a Miriam como espada suave.

No tenía respuestas técnicas ni explicaciones complejas.

Se sentó a su lado.

—Yo no entiendo todo —admitió—. Pero sé que el amor de Dios es más fuerte que la muerte. Y si eso es verdad, entonces nada bueno se pierde para siempre

El niño guardó silencio largo rato.

—Quiero creerlo —susurró

Miriam pensó en su propio proceso. En la cruz que la sacudió. En la tumba vacía que la desconcertó. En el nombre pronunciado que la transformó.

—A veces creer empieza así —respondió—. Queriendo

Los días se convirtieron en semanas. La comunidad enfrentó amenazas. Algunos fueron arrestados. Otros golpeados. La fe no trajo comodidad, sino compromiso.

Miriam sintió miedo más de una vez. No era ingenua. Sabía lo que Roma hacía con los movimientos que consideraba peligrosos.

Pero también sabía algo más profundo: ya no vivía para proteger una reputación frágil.

Vivía desde un encuentro.

Una mañana decidió hacer algo sencillo pero simbólico. Fue al mercado y compró barro nuevo. Pasó horas moldeándolo con paciencia hasta formar un cántaro distinto al anterior.

No intentó imitar el viejo.

No quería restaurar lo que fue.

Quería algo nuevo.

Cuando lo terminó, lo sostuvo entre sus manos y recordó el día en que el primero se rompió al oír la palabra crucifixión.

Entonces entendió.

El cántaro roto no había sido solo accidente.

Había sido señal.

Su antigua forma de entender a Dios, a sí misma, a los demás, se había quebrado con la cruz. Y la resurrección no pegó las piezas antiguas.

Le dio arcilla nueva.

Al día siguiente llevó agua con el cántaro recién horneado. Algunas mujeres la observaron en silencio. Una murmuró algo que no alcanzó a oír.

Miriam no bajó la mirada.

No por orgullo.

Por libertad.

Esa misma tarde, durante una reunión, Pedro habló con intensidad.

—No podemos callar lo que hemos visto y oído

Las palabras resonaron en el pequeño patio.

Miriam comprendió que su testimonio no necesitaba púlpito. Bastaba con vivir de manera distinta.

Cuando alguien la insultaba, respondía con calma.
Cuando alguien recordaba su pasado, no lo negaba, pero tampoco se dejaba definir por él.
Cuando una mujer se sentía indigna, compartía su historia.

La transformación no fue instantánea ni perfecta. Había días en que la vergüenza antigua intentaba regresar. Días en que dudaba si todo había sido ilusión colectiva.

En esos momentos recordaba la mirada.

Recordaba su nombre pronunciado.

Y eso bastaba para mantenerse firme.

Un atardecer, mientras el sol teñía de rojo las murallas de Jerusalén, Miriam caminó hasta una colina desde donde se divisaba el Gólgota a lo lejos.

No quedaban cruces. Solo tierra y memoria.

Se arrodilló en silencio.

—Gracias —dijo

No necesitó elaborar más.

Gracias por la cruz que desnudó su herida.
Gracias por la tumba vacía que abrió horizonte.
Gracias por el nombre pronunciado que restauró su dignidad.

Comprendió entonces que la historia de Jesús no había terminado en su resurrección. Continuaba en cada vida tocada por ese amor.

La suya era una de ellas.

No sería escrita en pergaminos oficiales. No ocuparía lugar en los relatos más citados. Pero era real.

Y eso era suficiente.

Al levantarse, tomó el cántaro nuevo y descendió hacia la ciudad.

Jerusalén seguía siendo compleja, dividida, a veces hostil. Pero ya no era para ella un escenario de condena.

Era campo de esperanza.

La cruz no la había aplastado.
La resurrección no la había dejado indiferente.

La había transformado.

Y mientras caminaba entre la multitud, una mujer anónima entre muchas, sabía que el amor que había vencido a la muerte seguía pronunciando nombres.

Incluso el suyo.

0 Comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Comentarios de la entrada [Atom]

<< Página Principal